Entregabilidad del correo.
Tu herramienta dice que se entregó el 99%. Eso solo significa que el servidor lo aceptó. La entregabilidad es la parte que acaba en la bandeja de entrada, y la deciden Gmail y Outlook mirando cómo se comporta la gente a la que escribes.
La entregabilidad es la probabilidad de que un correo acabe en la bandeja de entrada del destinatario y no en spam. No la mide tu herramienta, que solo cuenta si el servidor aceptó el envío: la decide la reputación de tu dominio, y esa se lee con tres números —rebotes, quejas de spam y bajas— leídos juntos.
También: deliverability · email deliverability · capacidad de entrega · tasa de entrega
Agencia Snowball, Barcelona · Revisado el
Tu herramienta te dice cuántos salieron. No cuántos llegaron.
La entregabilidad es la probabilidad de que un correo tuyo acabe en la bandeja de entrada de la persona a la que se lo mandas. No en spam, no enterrado en una pestaña secundaria y no rechazado antes de entrar. Es un estado de tu dominio, no una métrica que la plataforma te regale.
El malentendido está en el nombre. Casi todas las herramientas de email marketing enseñan una tasa de entrega del 98% o del 99% y la conversación se acaba ahí. Esa cifra solo dice una cosa: que el servidor del destinatario aceptó el correo. Aceptarlo y ponerlo delante de alguien son dos decisiones distintas, y la segunda no aparece en ningún informe.
Quien toma la segunda decisión es Gmail, Outlook o el servidor de correo de la empresa a la que escribes. La toman en milisegundos y con un criterio que no es el tuyo: la reputación de tu dominio y de la IP desde la que sales. Y esa reputación se construye con el comportamiento de la gente a la que has escrito antes. Si te abren, si te responden, si te mueven a spam, si llevan catorce meses sin abrirte.
De ahí sale la consecuencia que cuesta aceptar en una reunión: la entregabilidad se arregla poco desde el contenido y mucho desde la lista. Cambiar el asunto no te saca de spam. Dejar de escribir a quien no te lee, sí.
Nueve de cada diez correos acaban donde alguien los va a ver.
El mismo 99,0% en el informe. Cuatro de cada diez correos acaban en spam.
Los dos remitentes del ejemplo mandan 10.000 correos, los dos tienen 9.900 aceptados y los dos enseñan un 99,0% en el panel. Uno pone 9.100 en la bandeja principal y el otro 4.100, con otros 4.100 directos a spam. El informe los ve iguales. El negocio no: uno está hablando con su lista y el otro está pagando una herramienta para hablar con una carpeta.
No sale de una fórmula. Sale de tres números leídos juntos.
No hay una división que te devuelva tu entregabilidad. Hay tres señales que ya tienes en la herramienta y que por separado no dicen nada, y una cuarta cosa que no es un número: tu propio histórico.
Rebotes. Correos que el servidor rechaza, sobre los que intentaste entregar. Hay que separarlos: un hard bounce es una dirección que no existe —error tuyo, de tu lista— y un soft bounce es un buzón lleno o un servidor caído, que es circunstancial. Acumular hard bounces es la forma más rápida de que un proveedor concluya que no sabes a quién escribes.
Quejas de spam. Gente que pulsa el botón de marcar como spam, sobre los correos entregados. Es la señal más cara de todas porque el proveedor te la devuelve directamente y pesa más que cualquier otra. Es también la única que viene con un umbral público: por debajo del 0,30%, y si puedes por debajo del 0,10%.
Bajas. Desuscripciones sobre entregados. Contra lo que parece, una baja no es una mala noticia: es alguien que te quita de en medio sin denunciarte. La mala noticia es la baja que no encuentra el enlace y acaba pulsando spam. Cuando la tasa de bajas cae y la de quejas sube a la vez, casi siempre es eso.
Y una lectura indirecta que vale más que las tres: la tasa de apertura partida por proveedor de correo. Si tu apertura en Gmail se cae y en el resto no se mueve, no es el asunto, no es la hora de envío y no es el verano. Es tu reputación en Gmail.
Lo que enseñan las dos rectas es por qué el umbral engaña. El límite es un porcentaje, pero lo que le llega al proveedor son personas. En un envío de 10.000 correos, el techo del 0,30% son 30 quejas y el objetivo del 0,10% son 10. En un envío de 1.000, ese mismo techo son tres personas. Una lista pequeña no está peor que una grande: está peor medida, y por eso su lectura hay que mirarla varias semanas seguidas antes de tocar nada.
Debajo de todo esto está la parte técnica, que no es opinable: SPF, DKIM y DMARC configurados en tu dominio y un enlace de baja en un clic que se procesa en un par de días. Para quien manda más de 5.000 correos al día a cuentas de Gmail son requisitos publicados, no recomendaciones. Ahora bien, no confundas el suelo con la nota: eso te deja competir, no te da reputación. Autenticado está también todo el spam del mundo.
Un dominio quemado no se arregla escribiendo más.
De las tres señales, la que manda sobre la decisión es la tasa de quejas, porque es la que tiene umbral publicado. Con los dos umbrales delante, un envío solo puede estar en tres sitios.
Puedes subir volumen y frecuencia. Es la única zona en la que crecer no cuesta reputación.
Todavía entras, pero cualquier envío grande te saca. Se mantiene el ritmo y se corta la lista, no al revés.
Estás fuera de lo que el proveedor acepta. Bajar la frecuencia no basta: hay que dejar de escribir a casi todos.
La zona roja es la que se gestiona mal casi siempre. El reflejo es bajar la frecuencia: en vez de dos correos por semana, uno. No funciona, porque el problema no es cuántas veces escribes, es a cuánta gente que ya no te quiere leer. Lo que funciona es recortar: mandar solo a quien ha abierto o clicado en los últimos noventa días, sostenerlo semanas —no días— y devolver volumen despacio si las quejas bajan.
Y hay una decisión anterior que decide más que todas las demás juntas: de dónde salió el contacto. Una lista donde cada dirección entró con consentimiento explícito y a cambio de algo que la persona quería se comporta de una forma; una lista comprada, o rascada de un formulario que nadie leyó, se comporta de otra. Ningún truco de envío arregla una puerta de entrada rota. El cold email juega en otra liga por eso mismo: ahí el destinatario no ha pedido nada, el margen de quejas se agota antes y se manda desde dominios separados del que usas para hablar con tus clientes.
En el día a día, la entregabilidad se gana en dos sitios concretos. El flujo de bienvenida, porque un recién suscrito abre mucho más que la media y esos primeros envíos son los que le dicen al proveedor que la gente te quiere. Y la automatización que corta sola: reglas que sacan del envío a quien lleva seis meses sin abrir, sin que nadie tenga que acordarse.
Lo que hay detrás de todo esto es una cuenta de negocio, no de marketing. La entregabilidad es lo que separa tener una lista de 40.000 direcciones de poder hablar con 40.000 personas. Si no llega, esa lista es una línea en un informe, no un canal. Y es un canal que se rompe en semanas y se recupera en meses, que es exactamente el peor orden posible.
Cuatro formas de perder la bandeja sin enterarte.
Leer la tasa de entrega como si fuera entregabilidad
Un 99% de entrega y un 20% de apertura no son dos datos independientes: el segundo puede estar diciéndote que el primero no significa lo que crees. Entregado quiere decir aceptado, no leído ni visto. La pregunta que hay que hacer en la reunión no es cuántos se entregaron, es cómo va la apertura por proveedor de correo.
Mandar siempre a la lista entera
Escribir a los 40.000 cada vez porque están ahí es el camino corto a que no te lean los 4.000 que sí querían leerte. La segmentación por actividad reciente no es refinamiento: es lo que protege la reputación con la que llegas a los buenos.
Esconder el enlace de baja
Ponerlo en gris claro, a seis puntos y al final del pie parece que retiene gente. Lo que hace es convertir bajas en quejas de spam, y una queja cuesta muchísimo más que una baja: la baja te quita un contacto, la queja te quita reputación con todos los demás.
Despertar a los dormidos todos a la vez
La campaña de reactivación a los que llevan un año sin abrir es la forma más rápida que existe de romper un dominio sano: mandas de golpe a la parte de la lista con más probabilidad de marcarte como spam. Se hace en tandas pequeñas, desde una lista aparte y midiendo quejas antes de la siguiente.
Lo que se pregunta sobre entregabilidad.
¿Qué diferencia hay entre tasa de entrega y entregabilidad?
La tasa de entrega cuenta los correos que el servidor del destinatario aceptó, y suele estar en el 98% o el 99% incluso cuando las cosas van mal. La entregabilidad es dónde acabaron esos correos aceptados: bandeja principal, pestaña secundaria o carpeta de spam. Dos remitentes con la misma tasa de entrega pueden estar poniendo el 91% o el 41% de sus correos delante de alguien.
¿Cuál es una tasa de quejas de spam aceptable?
Los proveedores publican dos números para quien manda en volumen: mantenerse por debajo del 0,30% y apuntar a menos del 0,10%. Conviene traducirlo a personas antes de decidir: en un envío de 10.000 correos el techo son 30 quejas, pero en uno de 1.000 son tres. Con listas pequeñas la lectura es ruidosa y hay que mirarla varias semanas seguidas.
¿Por qué mis correos empiezan a ir a spam si antes no iban?
Casi siempre porque la lista ha envejecido y el envío no. Escribir a los mismos contactos mientras cada vez menos abren le dice al proveedor que tu correo no interesa, y a partir de cierto punto deja de entrar. La señal temprana es la apertura partida por proveedor: si se cae en uno y no en el resto, es reputación, no contenido.
¿Se arregla la entregabilidad cambiando de dominio o de herramienta?
No, y es el error más caro. El dominio nuevo empieza sin reputación y hay que construirla despacio, así que el problema se retrasa unas semanas y vuelve con la misma lista detrás. Lo que arregla la entregabilidad es dejar de escribir a quien no abre, autenticar bien el dominio y poner la baja fácil de encontrar.
Los que hacen falta para usar este.
El canal que ya es tuyo: a quién le escribes, cuándo y si llega.
El único canal donde la audiencia es tuya y no la alquilas a una plataforma. Su valor no está en enviar más, sino en a quién y cuándo.
Rechazo permanente: esa dirección no existe. Se borra el mismo día, porque insistir es lo que hunde la reputación del dominio.
Rechazo temporal: la dirección existe pero hoy no acepta el correo. Se reintenta unas cuantas veces y, si sigue igual, se trata como duro.
Escribir a alguien que no te ha pedido nada. Funciona cuando el correo demuestra que has mirado su negocio antes de escribir.
Lo que el usuario te deja medir. Hoy decide qué porcentaje de tus datos existe, y ningún arreglo técnico se lo salta.
Emails que salen solos cuando alguien hace algo, no cuando alguien se acuerda. Se monta una vez y trabaja todos los días.